Las higueras de Siguas: reliquias que nutren

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Estos cultivos que datan de la época colonial han creado monumentos vivos que aún dan vida en un valle arqueológico del sur del Perú

El estudioso peruano del mundo de las higueras, además de escritor, fotógrafo y también agricultor, Christian Vera Poncela, ha publicado la crónica transmedia «Las higueras centenarias de Siguas» en la plataforma The Lexicon. El texto expone la historia de las higueras que tengo bajo su cuidado –adoptadas por un paisaje cultural arqueológico del Antiguo Perú hace 400 años– y se encuentra disponible en más de 70 idiomas. Aquí ofrecemos un resumen. Este es el link que incluye la publicación completa: https://www.thelexicon.org/reawakened/fig/.

Las higueras centenarias de Siguas –en el departamento de Arequipa y de origen hispano– tienen cuatro siglos y se encuentran rodeadas de un paisaje arqueológico en el sur de Perú. Su historia muestra una enigmática adaptación a un entorno singular, en donde culturas ancestrales encontraron un lugar para crear y vivir. En la actualidad, son un componente esencial del paisaje que las adoptó hace cientos de años. Esta historia retrata dicha coexistencia.

Las higueras de Siguas: reliquias que nutren
Este legado de más de 400 años se encuentra rodeado de un paisaje arqueológico del Antiguo Perú y se erige como un puente vivo entre América y Eurasia.

Con su fruto se elabora el chimbango y consiste en fermentar higos secos como si se elaborase una chicha, bebida muy tradicional en el Perú desde tiempos remotos. También se elabora el pan de higo, hijo del mestizaje mediterráneo, en donde se vislumbra el paso de griegos, egipcios, romanos, árabes y otomanos, quienes desarrollaron técnicas sofisticadas para conservar los higos y tener un alimento denso en nutrientes durante todo el año. Tales huellas del pasado se dejan ver en Siguas (Arequipa, Perú), en donde viven las higueras más antiguas del mundo en estado productivo.

El pasado
La biografía de las higueras es la biografía de la humanidad. Ninguna otra especie marcó a tantas religiones, leyendas, mitos y civilizaciones como estos árboles de origen asiático que se convirtieron en el sustento de tantos en diversas regiones mediterráneas y de Asia Menor. Desde las meriendas de los aguerridos espartanos hasta la cura del médico persa Ibn Sena, su estatus en el mundo antiguo alcanzó picos inusuales para el mundo moderno. Y razón no faltaba: allí en donde hubiese aridez, salinidad, insolación agresiva y carencia de agua, este árbol místico podía asomar con reciedumbre y proveer, a través de los higos, una balanceada suma de nutrientes para jolgorio –y a veces supervivencia– de ricos y pobres.

El destino de esta especie está lleno de historias de migración, viajes y adaptación a nuevos entornos. Por ello, quizás no deba sorprender que su manifestación productiva más antigua se encuentre en Siguas, un valle oculto de Arequipa, provincia del sur del Perú caracterizada por sus imponentes volcanes y un particular orgullo regional. Aquí, en este valle luminoso y árido, escenario de intercambios culturales desde hace milenios, estas higueras –introducidas a inicios de la colonia española– destacan por su grosor y carácter en medio de ruinas prehispánicas, petroglifos y geoglifos que, junto a ellas, componen un enigmático paisaje cultural y agrícola.

Los higos, de la variedad albacor, llegaron hace 400 años desde España –puede que hasta un poco más– y se encontraron con un paisaje cultural rico en intercambios culturales, tal como lo revela la evidencia hallada en Quilcapampa. Ya en el siglo XIX y buena parte del siglo XX, los higos secos constituían un elemento importante del sistema alimentario local junto con el vino, el trigo, la manteca de cerdo, las granadas y los pacayes.

Hoy
El presente de las higueras en Siguas se define por la resistencia. Los montes vienen desapareciendo para hacerle campo al ganado o por el desborde del río, su hábitat ahora se restringe a zonas de difícil acceso o acequias en donde no entorpecen el maniobrar de los tractores, las brevas se cosechan cuando cultivos más orientados a la agroindustria dejan algo de tiempo. La infravaloración de los higos es algo común, incluso en el Mediterráneo, en donde hasta hace unos años se los consideraba un cultivo poco rentable. Aún así, y sobre todo merced a sus redescubiertas propiedades nutricionales y su versatilidad gastronómica, los higos parecen recobrar algo del esplendor del pasado. Siguas no es la excepción.

En este valle, cuya imagen no difiere significativamente de la que tuvo hace 1400 años –a pesar de la pérdida de biodiversidad en las últimas cuatro décadas y la creciente amenaza de deslizamientos–, las higueras centenarias ya constituyen un componente esencial para nutrir, innovar y proyectar el pasado hacia el futuro con repercusiones que aún no podemos vislumbrar, pero que sin duda generarán nuevos interrogantes sobre las inesperadas rutas que puede tomar un alimento desde su origen en el tiempo. En este caso, resulta singular que un árbol euroasiático tenga en Siguas a su manifestación más antigua en estado productivo, al menos en este momento de la historia.

Texto y fotos: Christian Vera Poncela

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